Bueno pues ahora sí. Llegó el final de todo esto, en especial de este blog que ya no tiene razón de ser.

Empezó por ella (aunque lo niegue y reniegue de ello) y terminará por ella. Ya no podré seguir escribiendo sobre lo que siento, sobre mis dudas, sobre mi timidez o mi falta de coraje para enfrentarme a un sentimiento que me sobrepasó hace ya muchos meses…

Nadie (o casi nadie va a leer esto) así que tampoco tengo intención de despedirme personalmente. Esto se acabó tal y como comenzó: tan fulgurante e instantáneo como dura una mirada. Aquella fue la que empezó todo y ahora simplemente ha terminado con una llamada de teléfono.

Adiós… eso es todo lo que ella pudo decir sin decir. Porque se va, para siempre. Claro que volveremos a vernos y a hacer cosas juntos pero se fue ya una parte de ella y otra de mí para siempre.

Llegó la hora de la verdad. La hora de mandarlo todo a la mierda y volver (otra vez!) a empezar de cero.

Llegarán los que te digan que no hagas un drama de una chorrada y yo pensaré que tienen toda la razón pero que se vayan a la puta mierda con su teoría de la compensación y del consuelo en el prójimo. Mi insatisfacción es permanente: hoy es por esto y mañana tendrá que ser por otra cosa.

Completamente vacío y miserable.

Y te das cuenta de que no construyes nada, y te das cuenta de que en el fondo no tienes nada.

Van pasando los años y los diferentes cadáveres de ti mismo se van amontonando por el camino. Y cuando piensas que nada puede volver a cambiar, te llega el momento de morir una vida para comenzar otra.

Tengo que dejar de preguntarme ¿Por qué?.

Adiós preciosa.