Todos necesitamos hacer un alto en el camino. Pararnos y reflexionar, tranquilamente echando un vistazo atrás. Examen de conciencia y decencia…¿inocencia?. Siempre perdida, nunca recuperada, siempre anhelada, nunca respetada.

Yo miro atrás y lo que veo… Veo tantas cosas. Pero lo que realmente veo es que al final, no tenemos nada de especial. Nadie. Todos creemos que somos diferentes, que tenemos algo que los demás no poseen. Pero no es verdad. Y todos sentimos lo mismo, aunque en unos el sentimiento sea más intenso que en otros.

Miro atrás y veo mis propias dudas, mis temores, mis angustias, mis frustraciones… Miro atrás y veo qué he estado haciendo, pensando, sintiendo… y concluyo que es todo absurdo. Me doy cuenta de cómo me he destruido a mí mismo, de cómo me he dejado arrastrar por algo que deliberadamente he dejado descontrolarse, en la errónea convicción de que su belleza era excusa. Era toda y la única excusa…

Y para qué? Para nada. Para regocijarme otra vez en mi propio dolor, en mi propia insatisfacción constante, permanente. Para regresar a esa adolescencia en la que, sintiéndote un perfecto inútil con la gestión de tus propios sentimientos decides no hacer nada, dejando que todo tienda al caos. A la perfección del caos, te consuelas…

Me decía el otro día alguien querido que diera el paso, que hablara, tan sorprendida estaba de la intensidad de mis sentimientos. Supongo que su perplejidad (y por qué no, su absoluta incompetencia en este asunto) la hicieron sugerir ese consejo. No pude más que sonreír, imaginando la pintoresca situación de desnudarte completamente frente a alguien que no lo espera. E intentar cubrir la sensación de pudor inmediata comentando que lo haces porque sí, porque te apetece, porque crees que es tan bello que merece (ja!) que lo sepa, porque nunca te ha pasado, porque quieres compartirlo… Y que por supuesto, tan sólo esperas que escuche, con una sonrisa tal vez, con un mohín de cabeza quizá, con un suspiro, ojalá, mientras desgranas todos y cada uno de tus sentimientos.

Pero el sol, a pesar de ocultarse a la noche vuelve a salir otra vez al alba. Sin interrupción. La vida sigue, para terminar algún día y a veces sientes que todo pasa muy deprisa, que las oportunidades vuelan veloces a tu lado sin que puedas siquiera atisbarlas.

Y al final te das cuenta, otra vez, que lo que te pasa es que tienes un ego desmedido que necesita expresar algo que tú mismo has creado, un pequeño frankenstein que se ha vuelto contra su amo. Y al final te das cuenta de que no es ni el principio ni el final sino tan sólo una etapa más que precede a otra, y a otra, y a otra, y a otra…

“K. embistió contra la puerta con todas sus fuerzas. Como si de un enorme percutor se tratara, la puerta golpeó contra la pared en una explosión de astillas y carcoma. La ventana estaba abierta de par en par, con las cortinas entrando y saliendo de la habitación en una fantasmagórica danza.

Con un temor reverencial, K. se aproximó al alféizar. Apenas asomó la cabeza pudo ver la figura del ayudante y su hermana doblando la esquina de la calle. Por un momento le pareció vislumbrar una sonrisa traviesa en el ayudante pero enseguida se dio cuenta de que sus ojos múltiples comenzaban a fallarle, al igual que su docena de patitas. Temblando, se desplomó sobre el suelo de madera, irregular y lleno de polvo. Allí, entre las pisadas de su hermana se acurrucó mientras su respiración iba haciéndose cada vez más lenta. “Te quiero” pudo susurrar antes de que sus diminutas alas se recogieran tras el negro caparazón. Un caparazón que reflejaba los primeros rayos del sol de la mañana iluminando así la habitación con la luz de un nuevo día que comenzaba.

Abajo, en la cocina, el trasiego de cacharros, tazas y platos interpretaba su habitual sinfonía mientras todo el mundo se acomodaba a la mesa. El café humeante y los bollos recién hechos invitaban a devorar con ansia una noche que se había prolongado demasiado. La hora de desayunar, por fin había llegado”.