¿Cuál es el límite que separa el deseo de la obsesión? ¿un sueño de una pesadilla? ¿una fantasía de una condena? ¿el amor, en fin, del odio?.

Preguntas tan manidas y tópicas que da vergüenza leerlas pero que siempre están ahí, sin una respuesta definida. Cada cual encuentra qué debe responder, en cada momento. Otra vez lo impredecible, la incapacidad de adelantar sucesos. ¿Por qué se nos hace tan horrible la idea de que todo es azar?. ¿Por qué no encontramos consuelo aceptando que no hay nada que podamos hacer porque no podemos saber?. Tenemos esa sensación consciente de andar de puntillas sobre todo, de cruzar un cable estrechísimo por encima del foso, a punto de caer. La línea que separa todo es tan delgada…

¿Por qué esa persona? ¿Qué extraño cúmulo de circunstancias ha generado esta situación?. ¿Qué tiene de especial?. Sientes que en el fondo has sido tú exclusivamente quien ha creado ese sentimiento, lo ha alimentado hasta un punto en que se ha convertido en un propio frankenstein. Vive! Vive!.

¿Está fuera de control? Todavía no aunque ha estado a punto. Ah!, qué dulce vulnerabilidad, qué ausencia de defensas… Me siento tan débil. Pensar que una sonrisa encantadora, una personalidad agradable y sencilla, un cierto atisbo de inocencia y en esencia, una aparente bondad, han sido suficiente (que no es poco) para desmontarme completamente y dejarme tan expuesto como un recién nacido. Si todo eso lo revistes de una plácida belleza externa, casi lánguida y suave, como sus movimientos, el resultado no puede ser más letal: muerte por combustión total.

Mmmmmmmm, mis divagaciones cada vez son más extravagantes…

“Sentada encima del enorme baúl donde K. guardaba sus recuerdos de infancia, se balanceaba quedamente su hermana. Columpiando sus menudas piernas de atrás a adelante, tenía sus grandes ojos fijos en él, como un búho en la noche. K. se sorprendió a sí mismo recordando su niñez, reflejada ahora en la candidez de su hermana.

“No me cuentas nada K., ya no. Ni siquiera me has avisado de tu repentino cambio. Me ha pillado todo tan de sorpresa…”. Un suspiro y un mohín de tristeza con la comisura de los labios fue toda la respuesta que pudo dar. “Cómo has podido llegar a esta situación hermano mío?.” “No puedes ayudarme”, gimió K. El sonido chirriante de su voz asustó a la chica que se puso rígida como un palo, asustada. “No puedes ayudarme, hermana: el proceso ha comenzado”.

Ella ya lo sabía. Había sido testigo de las idas y venidas del ayudante, había incluso adecentado la habitación para que todo transcurriera con una fingida familiaridad a fin de que K. se sintiera lo más cómodo posible. Sin embargo tenía que decírselo, se obligó a hablar. Quería demostrarle a K. que ella no era ni sería nunca como él.

“No hace falta que digas nada. Siempre fuimos diferentes hermana.”
“Crees que le gusto al ayudante? preguntó inocentemente ella. “Oh sí, seguro que sí. El no nos conoce. Siento que serás muy feliz a su lado.” Sonriendo tanto como sus gelatinosas fauces le permitían, K. se dio media vuelta hacia la ventana. “Déjame un rato solo hermana, quiero ver un poco el tráfico de la calle antes de que comience el próximo interrogatorio”.
“Gracias K. Creo que voy a arreglarme e ir a buscarle a su casa”.
“Haz lo que debas hermana”. Y con un súbito escalofrío se apoyó en el alféizar empañando los cristales con su pútrido aliento de insecto.