Pero entonces ¿qué pasa si no atraviesas esa línea, si te mantienes cómodamente a este lado del camino, tranquilo en la suficiencia de que lo que has transmitido vale para mantener un statu quo, más o menos agradable?.

Creo que la mayoría de las veces aparece el hambre… y nos convertimos en insatisfechos. Pero no hace falta acudir a sentimientos grandilocuentes de “nadie me comprende por favor…” y cosas así. Llega un momento en el que entiendes que va a ser siempre así, esa sensación forma parte de la adolescencia. Lo que sientes ahora se acerca más al conocimiento: no esperas comprensión, ni siquiera afinidad. Pretendes que te conozcan. Y en el fondo es un sentimiento egocéntrico ¿quién crees que eres como para que los demás quieran conocerte?. Sin embargo, piensas que todo sería más fácil si te conocieran… todo sería más… sincero. Y eso que generalmente la falsedad no preside las relaciones humanas, la gente en el fondo es anodina, como uno mismo. Es más bien una especie de prudencia, de instinto innato de supervivencia lo que lleva a muchas personas a aceptar una tolerancia mutua a pesar de la profunda convicción de no conocer nunca a nadie, ni por supuesto, ser conocido jamás. Una demostración de sentimientos más intensa de lo normal, es por tanto interpretada como una intromisión intolerable, como una piedra en el estanque… Atrévete a lo sumo, a hablar con la mirada y espera, pacientemente, que escuche.

“El chirrido de un mueble arrastrado le despertó. Atónito, K. observaba un despliegue de personas, su padre, su madre, la hermana, personas que no conocía, que en un incesante ir y venir, estaban adecentando una de las esquinas de la habitación. Una mesa, con un pulcro mantel blanco, una pequeña lámpara encima y la silla forrada de fieltro verde de la habitación de invitados, configuraban una especie de estudio, presidido por una fotografía de K. de hacía mucho tiempo.

Entre miradas compasivas de la madre y hermana y de ligero desprecio, casi asco, del padre, K. esperaba que todo aquel ruido cesara de una vez. Ahora no sólo podía sentir el sonido sino también, y muy especialmente dado que todo su cuerpo se encontraba ahora en el suelo, las vibraciones que tanto le molestaban. De pronto, un hombre de mediana edad y estatura, inmaculadamente de negro, se paró en el dintel de la habitación de K. y como si hubiera dado una silenciosa orden, todos se retiraron rápidamente.

“Debo suponer entonces que es usted el ayudante, verdad?”. “No hable todavía, espere.” le contestó el hombre. Lo dijo de una manera tan suave pero tan firme que K. no tuvo más remedio que ver cómo se sentaba lentamente en la silla, mientras iba desplegando toda una serie de papeles, libros, plumas y tinteros, que salían de un maletín que parecía no tener fondo.”